jueves, 20 de octubre de 2016

Palabras más, palabras menos.

La palabra es nuestra mejor herramienta para exteriorizar nuestros pensamientos, opiniones, deseos y sentimientos. El nivel de estructuración que hemos alcanzado como zoociedad en su conjunto es realmente impresionante. Quizá, debido a que se trate de algo que manejamos muy asiduamente, no hemos reparado en ello, dado que la palabra, el código, el lenguaje, es algo que nos inculcan desde el inicio de nuestra existencia. La palabra lo es todo. Porque si bien es cierto que hay gestos que -a priori- no necesitan de ella para ser comprendidos (un abrazo sentido), creer que el lenguaje no verbal no es algo coyuntural a la palabra en sí, es caer en un gran error. Necesitamos de la palabra para explicar todos esos gestos y poder hacerlos inteligibles para luego entenderlos como tácitos.

Pero existe un problema, esta magnífica herramienta -la mejor que tenemos- no es para nada perfecta. Nuestro evolucionado cerebro, complejo, asombroso, enigmático, resulta ser demásiado imbécil como para poder transmitir lo que sentimos sin hacer uso de intermediarios. Para ello tendemos a buscar las palabras precisas que reflejen de la forma más fiel nustros sentimientos más puros. Pero siempre se pierde. Uno puede hablar incasablemente de amor, tristeza, depresión, alegría, temor, culpa. Mas nunca podrá transitir puramente el sentimiento. Recurrirá a las palabras, y ellas torpes y únicas vendrán en nuestra ayuda para poder comunicarle al otro una versión aproximada de lo que nos sucede.

Este servidor anhela el día en el que logremos prescinir de las palabras para poder transmir de forma cruda y explícita nuestros sentimientos, porque no es lo mismo decir "te amo" que sentir amor. 

 

 

martes, 18 de octubre de 2016

Brutalmente honesto.

Hace años me topé con una muy interesante película de una gran actor, humorista y guionista llamado Ricky Gervais (el gordito simpaticón que conquistó a todos con su humor ácido en los Golden Globe Awards) La película se llamaba The Invention of Lying y acá fue traducida como "la mentira original" (dentro de lo que hemos visto en materia de traducciones, es algo muy decente). El film planteaba un mundo (o universo) alterno en el que no existía la mentira, y por consiguiente la ficción. Todo lo que decían los protagonistas de la película era la verdad, pura, cruda sin filtros.  
El argumento es realmente notable, la película en sí misma no tanto. 
Si a esa interesante idea le sumamos el libro de Tony de la Torre "Dr. House - Guía para la vida" (no lo recomiendo) obtenemos una muy exquisita conjunción de conceptos, y la pregunta sobresaliente es ¿cómo sería una zoociedad que no se guarde nada al declarar, una zoociedad que sea siempre BRUTALMENTE HONESTA?

Cada tanto hago ese ejercicio -para perderme un poco en el tiempo y jugar al razonamiento- y los resultados que obtengo son siempre terribles, más allá de lo hipotético del planteo. Intentaré explicarme:

Imagine usted, querido lector, lectora u otro, que por un momento (quizá un día)  la humanidad toda tiene el derecho de ser brutalmente honesta. Pongamos un ejemplo cotidiano, tomamos un omnibus, pagamos el boleto y a las 4 paradas se sube a cantar un hombre que lo hace realmente mal. Como estámos en el día que podemos ser brutalmente honestos le contestamos lo que en realidad pensamos "flaco, cantás horrible, por favor pará y bajate, que yo pagué mi boleto para viajar en paz." Esta afirmación resulta por lo menos dura. A mi gusto es una  vivencia terrible.
Este ejemplo es una situación cotidiana y pasajera que quizá en secreto hemos pensado.  
Ahora bien, ¿qué sucede con nuestros secretos que escapan a la cotideaneidad? Aquellos que no son pasajeros, esos que hemos enterrado en lo más profundo de nuestra memoria.
Particularmente me resulta algo abrumador pensar en eso, la honestidad brutal es demasiado bruta.

Este tema lo plantee en varios foros y en todos obtuve la misma respuesta con palabras diferentes: NO ESTAMOS PREPARADOS para ser brutalmente honestos. 
Igualmente, hay personas que se acercan más que otras a esa realidad. Secretamente admiro a esas personas que mantienen su caracter y que convencidas de lo que son respetan eso y se muestran firmes con sus valores, acercándose tímidamente a la honestidad brutal. Aquellos que saben cuales son sus valores y obran en consecuencia. Aquellos que dicen al mundo sin tapujos sus pensares y pareceres, ellos son eso, integridad pura, de esa que yo no se si tengo.

domingo, 2 de octubre de 2016

Noches sin estrellas.

Ochenta y un años, esa es la edad actual de mi abuela. Hija de una época muy distante a la actual, criada en un mundo que ya no existe. Llena de valores vetustos, tradiciones obsoletas, pensamientos e ideas anticuadas. Llena de pasado. Esclava de su historia.
Es difícil explicar, transmitir en palabras, lo que ha sido mi relación con Nelly. Sin embargo hay una sola palabra que retumba en mi cabeza cuando pienso en ello: NORMAL. Si hay algo que seguro está ausente en mis relaciones familiares es la normalidad. El estereotipo de normalidad, ese que nos venden en el supermercado, ese que tanto ansiamos y el que entendemos que es el estándar con el cual debemos manejarnos. Nunca podré decir que mi relación con Nelly ha sido normal.

Como adver Nelly es esclava de su historia, con una vida dura, complicada desde su adolescencia en la pobreza de los años 40, con una madre que murió demasiado temprano y un padre de ascendencia Yugoslava, hijo de inmigrantes que querían escapar de la miseria y el dolor imperante en aquél viejo continente que los vio nacer. Imagino que no fue fácil su infancia

Ya hecha una señorita - a sus veintidós años- se emancipa y decide ir a vivir con su esposo, quien a la postre sería mi abuelo, Don Aquilino Martínez Cabrera. Eran otros tiempos, veintidós años y casada, fuera de su familia, en pleno año 57. Le tocarían años de infelicidad conviviendo con su suegra a la que acompañó hasta la muerte, al igual que como lo hizo con su madre. La vieja Esther, mi bisabuela, nunca la conocí, murió siendo cuidada únicamente por Nelly, padeciendo una grave demencia senil. Debieron ser años duros.

En el 59 nació mi madre. Imagino que habrá significado mucha alegría para un corazón que ya venía muy maltratado. En aquella época la situación social, cultural, política y económica del pais y del mundo distaban bastante de la actual. 
Catorce años más tarde, un veintisiete de Junio de 1973 se escribe en Uruguay una de las páginas más negras de la corta historia del país, el golpe militar.
Toda una década destrozada y más de 4 generaciones afectadas de forma irreparable. No fueron únicamente las generaciones jóvenes las perjudicadas, la que ya estaban, las que venían de antes, esas también la sufrieron. Quizás muchas personas de esas generaciones previas a la dictadura, como la de mi abuela, nunca logren comprender que tanto fueron afectadas.

Ya en el año noventa, después de varias vivencias muy intensas con Loreley (su hija, mi madre) nacía su primer nieto. En mi infancia temprana fui criado por Nelly. Tengo recuerdos buenos y también de los otros. Durante años juzgué -sin entender el pasado- varias de sus actitudes, de sus conductas. Aun hoy sigo sin entender otras tantas. Es el problema de pertenecer a mundos diferentes, jamás lograré comprender el sentir de una historia que no viví.

Hoy con la vieja ya achacada, sola y perpetuamente triste es que se me cae una lágrima a escribir este texto. Es que Nelly ya está grande, y se nota. Ha empezado ese terrible espiral descendente. Ese que te degenera de una forma terrible. Que te hace perder tus facultades más básicas. Aun puede valerse por si misma para subsitir, pero sé que es cuestión de tiempo para que sea totalemente dependiente. Eso me aburma. 
Me abruma porque es una existencia terrible. No es digna de ningún ser humano. 

Por esto que digo, abuela, por estas palabras que escribo ahora, en mi casa, en mi cuarto, por estas palabras que no vas a leer jamás, porque ya no podés leer, por estas palabras que si te las digo, tampoco alcanzarás a comprender, por esto es que me duele saber.
Me duele estar con vos, ver que esa nefasta visión del mundo que tenés y que me abruma, ese pesimismo fruto de una vida complidada, y que la vejez -la puta vejez- se ha encargado de incrementar. Es doble la tristeza
Claro que te entiendo, claro que sé muy bien lo difícil y angustiante que es para vos no poder ver, no poder escuchar, no poder moverte bien, no poder recordar. Lo sé. Lo sé muy bien. Mis palabras no son producto de la incompresión, no creas que para mi es fácil decir que sos afortundada por estar viva, por tener a dos nietos que te quieren muchísimo, por decirte esas verdades para intentar minimizar tu dolor.
Lo sé y te comprendo. Trato de no aceptarlo, es demasiado triste para mi. Demasiado dolor, demasiada soledad. No me explico como hace tu corazón para seguir bancando tanta angustia, tantos años