sábado, 16 de mayo de 2009

¡Pucha que hay que ser desgraciado!


Hace ya unos días que ocurrió el hecho que a continuación narrare; si mi memoria no falla debió ser un martes, uno de mis largos y ajetreados martes, pero no por ello desagradable. Es de esos días en que salgo a las 5:00 de mi hogar y retorno a las 22:30 aproximadamente, pero no me quejo de ello (bueno a veces si, por el hecho de tener que almorzar una "comida" previamente elaborada [generalmente una media luna, dos sándwiches de pan negro, de minúsculo tamaño, y un refresco, que suele ser paso de los toros o la querida pero nunca bien ponderada 7 up] que no tiene punto de comparación con los almuerzos que se elaboran en mi casa. Además, también esta el punto en contra de la locación, es decir, el lugar en donde ingiero mis alimentos, no se compara hacerlo tranquilamente en la mesa de mi comedor, que en uno de los tantos bancos de los pasillos de la facultad. Pero bueno, esas son solo nimiedades que poco importan nen este relato, prosigo...) decía que no me quejo de ello porque en realidad indirectamente, y no se hasta que punto lo de indirecto, es parte de mi carrera universitaria, y de hecho me gusta mucho lo que hasta el momento hago; prueba de ello es que me aburro en la inactividad de las vacaciones, que dicho sea de paso, cada vez son menos.

Ya realizada la no tan breve introducción me voy a enfocar en la narración, que es la verdadera razón del este pseudo articulo, y los voy a dejar de aburrir con los detalles de mi vida no tan privada.

Continúo, ya había comprado yo mi magro almuerzo en la muy venida abajo cafetería del CECEA, y al igual que todos los martes decidí ir a ingerirlo a mi segundo comedor, la rambla. Y así procedí, salí apurado de la facultad, y bajé hacia costa por la calle Acevedo Díaz (lamentablemente confundida a menudo con Eduardo Acevedo, que frustración para los Acevedos ser confundidos; ya me desvíe nuevamente... retomo la narración) y llegué a uno de los tantos banquillos de la rambla Montevideana. Ya establecido, estaba listo para comenzar la ingesta de alimentos, lo cual hice con total calma.

En el ecuador de mi almuerzo, se me dio por girar y contemplar el vasto mar, esa inmensidad con millones de litros de agua y demás elementos. Habría sido el momento idóneo para reflexionar acerca de lo insignificante que somos como individuos, sino fuera por el hecho de que mi cabeza continuo girando hasta detenerse al llegar al límite máximo de giro del cuello (si, podrá parecer tonta, pero no lo es, sabe bien hasta donde puede llegar) en ese momento, mi vista se percató que en el banco contiguo se había instalado un pescador. En ese momento, comencé a observarlo. No parecía profesional, pero estoy seguro que sabía lo que estaba haciendo. Armó la caña, con todo lo que esto implica y se dispuso a lanzar el anzuelo al agua.
El lanzamiento no fue espectacular, tanto es así, que el anzuelo cayó a solo 5 metros del muro de la costanera. Me dije a mi mismo "je este no va a pescar nada vivo, a lo sumo el envase de nix que anda flotando por ahí".
5, solo cinco, minutos después el pescador sacó un agonizante pescado (a esa altura ya no era pez), y fue ahí donde decidí volver a observar el mar, la enormidad del mar, y me dije (pero esta vez en voz alta) "¡Pucha que hay que ser desgraciado!".


3 comentarios:

Detaquito dijo...

Bue, por suerte se lo perdieron!

perezvila™ dijo...

no todos nos lo perdimos, mi querido de taquito.
veo que este sabado solitario y frio te ha puesto de gran actividad bloguiana...
y ... me llevo los diez puntos, porque la figura literaria que usaste es la histerología, que es una de las variaciones del hipérbaton.

Detaquito dijo...

Te doy 2 puntos mas de regalo