lunes, 30 de julio de 2012

Auschwitz. Los nazis y la "solución final".

Hace ya unos cuántos días que escribía acerca de un libro que indagaba acerca de la lúgubre historia de Auschwitz, el campo de concentración, trabajo, y exterminio más mortífero del todo el tercer reich. 

Hace ya unos cuántos días que terminé de leer el libro.
Cuándo comencé a leerlo me sucedió lo que aquí pueden leer. Pero a conforme avanzaba en la lectura, esta se hacía cada vez más cruda. A tal punto que fue el primer libro que logró hacerme moquear un buen rato.

Un lector desprevenido -cómo yo mismo lo fui en un comienzo- pensará que los capítulos iniciales, dadas las atroces historias que se narran, contienen el mismo grado de miseria que los siguientes, o al menos similares; puesto que parece inimaginable cómo se puede superar tanto odio, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta pena.
Mas a diferencia de lo que se puede prever, esto es, ir endureciéndose con las cosas que se relatan hasta llegar a cierto grado de acostumbamiento o tolerancia, tal cuál una mimetización con las vivencias diarias narradas por los protagonistas, fui debilitando cada vez más mi poder de abstracción, de concentración en la lectura. Evidentemente, mis defensas flaquearon ante tamañas atrocidades.

Resulta evidente dictaminar que no estaba preparado para leer lo que vendría a continuación, dado que para una persona en un juicio medianamente sano, resulta abismal el nivel de bestialidad que alcanzó Auschwitz.

A continuación, transcribo un fragmento del libro que me hizo replantearme la idea de seguir adelante con la lectura, por ende resulta más que evidente que las siguientes líneas pueden herir la susceptibilidad de los lectores.

"(...) En Alemania, los nazis consideraban que uno de los mayores «peligros» a los que se enfrentaban era la transferencia de las características raciales gitanas a la población aria a través de los llamados gitanos Mischlinge («híbridos»), y nada ilustra con mayor claridad la desviada sensibilidad de los nazis hacia este tema que la historia de una niña de ocho años llamada Else Baker, que fue enviada al campo gitano de Birkenau en el verano de 1944.³² Hasta comienzos de ese año, Else había vivido felizmente con su familia en Hamburgo. Aunque preocupada por la guerra, tenía un lugar seguro en la unidad familiar normal, o al menos era lo que ella pensaba. Repentinamente, a principios de 1944, una noche alguien llamó a la puerta y a continuación varios desconocidos entraron en la casa, identificándose como miembros de la Gestapo. Dijeron que habían venido a llevarse a Else y devolverla a su «verdadera» madre. Ante la mirada desconsolada de sus padres, fue arrastrada fuera de casa, a la oscuridad de la noche. Los hombres la llevaron a un almacén cerca del puerto que estaba repleto de gitanos, muchos de ellos, según recuerda, de aspecto muy desalineado. Else, a quién su madre había vestido con su mejor atuendo, se quedó de pie, mirándolos en estado de conmoción. Fue solo más tarde cuándo descubrió que que había sido adoptada y que su verdadera madre era medio gitana. El hombre y la mujer a los que hasta entonces había considerado su padre y su madre eran de hecho sus padres adoptivos, que la habían criado desde que tenía diez meses.

Else fue subida a un tren de transporte de mercancía con los demás gitanos y la llevaron a Auschwitz. Recuerda que la condujeron hasta la «sauna» de Birkenau, donde se le ordenó que se desnudara para tomar una ducha. Después de ello, la pequeña intentó encontrar nuevamente su ropa entre la pila de prendas que tenía enfrente, pero no pudo hallarla. Y como era una niña muy bien educada, no quería tomar nada que no fuera suyo; así que se quedó allí quieta, desnuda y sola, mientras las familias gitanas que la rodeaban se vestían lo mejor que podían. Finalmente, cuando ya sólo quedaba media docena de prendas sobre el suelo de cemento, una de las mujeres que estaba a su lado le dijo: «Coje cualquier cosa». Así pues, habiendo llegado con su traje de los domingos y provista de prensas suficientes para protegerse del frío, Else terminó marchándose con un par de bragas y un vestido fino de verano.

Ante el lúgubre aspecto de los barracones abarrotados de gente, y rodeada de familias gitanas, la niña de ocho años quedó paralizada de terror. No decía nada, no lloraba -no había nadie allí dispuesto a prestar atención a su llanto-, únicamente estaba ahí, en medio de la barahúnda, con toda esa gente que, según veía, sólo se preocupaba de sí misma.  (...)